23 octubre 2020

 Acabamos de adherirnos, mediante nuestras firmas, al siguiente documento en el que múltiples profesionales que trabajan con niños y jóvenes en el ámbito clínico también han plasmado sus firmas. El motivo es el insistente sobrediagnóstico de los conocidos como TDAH y TDA y el consecuente abuso de la medicalización en la infancia que existe en el mundo; siendo el Déficit de Atención con o sin Hiperactividad, una agrupación de rasgos y/u observaciones, catalogadas sin rigor científico.


CONSENSO DE EXPERTOS DEL ÁREA DE LA SALUD SOBRE EL LLAMADO "TRASTORNO POR DÉFICIT DE ATENCIÓN CON O SIN HIPERACTIVIDAD".


Los abajo firmantes, profesionales de reconocida trayectoria en el campo de la psicología, la psiquiatría, la neurología, la pediatría, la psicopedagogía y la psicomotricidad, queremos hacer llegar al Ministerio de Salud, por consenso, la siguiente solicitud:

Asistimos en nuestra época a una multiplicidad de "diagnósticos" psicopatológicos y de terapéuticas que simplifican las determinaciones de los trastornos infantiles y regresan a una concepción reduccionista de las problemáticas psicopatológicas y de su tratamiento. Esta concepción utiliza de modo singularmente inadecuado los notables avances en el terreno de las neurociencias para derivar de allí, ilegítimamente, un biologismo extremo que no da valor alguno a la complejidad de los procesos subjetivos del ser humano. Procediendo de manera sumaria, esquemática y carente de verdadero rigor científico se hacen diagnósticos y hasta se postulan nuevos cuadros a partir de observaciones y de agrupaciones arbitrarias de rasgos, a menudo basadas en nociones antiguas y confusas. Es el caso del llamado síndrome de “Déficit de atención con y sin hiperactividad” (ADD/ADHD).

Este diagnóstico se realiza generalmente en base a cuestionarios administrados a padres y/o maestros y el tratamiento que se suele indicar es: medicación y modificación conductual.

El resultado es que los niños son medicados desde edades muy tempranas, con una medicación que no cura (se les administra de acuerdo a la situación, por ejemplo, para ir a la escuela) y que en muchos casos disimula sintomatología grave la cual hace eclosión a posteriori o encubre deterioros que se profundizan a lo largo de la vida. En otros casos, ejerce una pseudo regulación de la conducta dejando a su vez librado al niño a posteriores impulsiones adolescentes en razón de que no ejerce modificaciones de fondo sobre las motivaciones que podrían regularlas, dado que tanto la medicación como la "modificación conductual" tienden a acallar los síntomas, sin preguntarse qué es lo que los determina ni en qué contexto se dan. Y así, pueden intentar frenar las manifestaciones del niño sin cambiar nada del entorno y sin bucear en el psiquismo del niño, en sus angustias y temores.

Es decir, lo primero que se hace es diagnosticarlo de un modo invalidante, con un "déficit" de por vida, luego se lo medica y se intenta modificar su conducta.

Así, se rotula, reduciendo la complejidad de la vida psíquica infantil a un paradigma simplificador. En lugar de un psiquismo en estructuración, en crecimiento continuo, en el que el conflicto es fundante y en el que todo efecto es complejo, se supone, exclusivamente, un "déficit" neurológico.

Nos hemos encontrado con niños en los que se diagnostica ADD (o ADHD) cuando presentan cuadros psicóticos, otros que están en proceso de duelo o han sufrido cambios sucesivos (adopciones, migraciones, etc.) o es habitual también este diagnóstico en niños que han sido víctimas de episodios de violencia, abuso sexual incluido.

A la vez, los medios de comunicación hablan del tema casi como si se tratara de una suerte de epidemia, divulgando sus características y los modos de detección y tratamiento. Se banaliza así tanto el modo de diagnosticar como el recurso de la medicación. En el límite, cualquier niño, por el mero hecho de ser niño y por tanto inquieto, explorador y movedizo, se vuelve sospechoso de padecer un déficit de atención, aún cuando muchísimos de esos niños exhiben una perfecta capacidad de concentración cuando se trata de algo que les interesa poderosamente.

Sabemos que los problemas de aprendizaje suelen ser motivos de consulta muy frecuentes y que complican la vida del niño en tanto lo muestran como fracasado allí donde se expone a la mirada social. El "no atiende en clase", aparece como una queja reiterada de los adultos, que engloban con esa frase gran parte de las dificultades escolares.

Hay escuelas primarias en las que una cantidad alarmante de alumnos están medicados por ADD sin que se formulen preguntas acerca de las dificultades que presentan los adultos de la escuela para contener, transmitir, educar y acerca del tipo de estimulación a la que están sujetos esos niños dentro y fuera de la escuela. Es decir, se supone que el niño es único actor en el proceso de aprender.

Pensamos que los niños que no pueden sostener la atención en relación a los contenidos escolares, que no permanecen sentados en clase o que están abstraídos, como "en otro planeta", expresan a través de estas conductas diferentes conflictivas.

En una época en que los adultos están en crisis, este tipo de tratamiento pasa por alto la incidencia del contexto, a pesar de las investigaciones que demuestran la importancia del ámbito en el que el niño se desenvuelve.

En tanto el ser humano es efecto de una historia y un entorno, imposible de ser pensado en forma aislada, tenemos que pensar también en qué situaciones, en qué momento y con quiénes se da este funcionamiento. La familia, fundamentalmente, pero también la escuela, son instituciones que inciden en esa constitución. Instituciones marcadas a su vez por la sociedad a la que pertenecen.

¿Los niños desatentos e hiperactivos dan cuenta de algo de lo que ocurre en nuestros días?. Padres desbordados, padres deprimidos, docentes que quedan superados por las exigencias, un medio en el que la palabra ha ido perdiendo valor y normas que suelen ser confusas...¿incidirán en la dificultad para atender en clase?

Tampoco se ha tomado en cuenta la gran contradicción que se genera entre los estímulos de tiempos breves y rápidos a los que los niños se van habituando desde temprano con la televisión y la computadora, donde los mensajes suelen durar unos pocos segundos, con predominio de lo visual y los tiempos más largos de la enseñanza escolar centrada en la lectura y la escritura a los que el niño no está para nada habituado.

Por todo esto es totalmente inadecuado desde el punto de vista de la salud pública unificar en un diagnóstico a todos los niños desatentos y/o inquietos sin una investigación clínica pormenorizada.

Así, en las escuelas hay niños desatentos que se quedan quietos y desconectados, otros que se mueven permanentemente, algunos que juegan en clase, otros que reaccionan inmediatamente a cada estímulo sin darse tiempo a pensar... Un niño que no atiende, que se mueve desordenadamente, generalmente atiende de otro modo y a otras cuestiones diferentes a lo esperable. Y no puede ser englobado en una entidad nosográfica única.

No desconocemos la importancia de los trastornos neurológicos, de los desarrollos actuales en neurología y del recurso de la medicación como privilegiado en ciertas patologías. Pero consideramos que en este caso se atribuye a un déficit neurológico no comprobable problemas muy diferentes.

Hay consenso en la comunidad científica que lo que se denomina ADD/ADHD refleja situaciones complejas, ligadas a diferentes patologías. Sin embargo, esto suele no ser tomado en cuenta.

Pensamos entonces que se agrupan con ese nombre múltiples expresiones del sufrimiento infantil que merecen ser consideradas en su singularidad y tratadas teniendo en cuenta su multideterminación.

Es decir, la diferencia se da entre pensar que: a) una manifestación implica un cuadro psicopatológico y una causa orgánica y que de ahí se deriva un tratamiento o que: b) una manifestación puede ser efecto de múltiples y complejas causas y que hay que descubrir cuáles son y por consiguiente, cuál es el tratamiento más adecuado.

También, hay oposición entre la idea de que el diagnóstico puede ser hecho por padres y/o maestros, a partir de cuestionarios (como si fueran observadores no implicados) y el sostener que todo observador está comprometido en lo que observa, forma parte de la observación y que los padres y los maestros están absolutamente implicados en la problemática del niño, por lo que no pueden ser nunca "objetivos". (Ya a comienzos del siglo XX el físico Heisenberg planteó que el observador forma parte del sistema). A la vez el cuestionario utilizado habitualmente está cargado de términos vagos e imprecisos (por ejemplo, lo que es “inquieto” para alguien puede no serlo para otro). Esto último lleva a pensar que es imposible realizar un diagnóstico de un modo rápido y sin tener en cuenta la producción del niño en las entrevistas.

Desde nuestra perspectiva, nos encontramos con un niño que sufre, que presenta dificultades, que esas dificultades obstaculizan el aprendizaje y que debemos investigar lo que le ocurre para poder ayudarlo.

Es importante también destacar que muchas veces lo que se considera no es tanto este sufrimiento sino la perturbación que la conducta del niño causa en el medio ambiente, por lo cual la medicación funciona como un intento de aplacar a un niño que se "porta mal".

Aún cuando los medios científicos hablan de las contraindicaciones de las diferentes medicaciones que se utilizan en estos casos, llama la atención la insistencia con la que los medios propagandizan el consumo de medicación como indicación terapéutica privilegiada frente a la aparición de estas manifestaciones.

Todas las drogas que se utilizan en el tratamiento de los niños que presentan dificultades para concentrarse o que se mueven más de lo que el medio tolera, tienen contraindicaciones y efectos secundarios importantes, como el incremento de la sintomatología en el caso de los niños psicóticos, así como consecuencias tales como retardo del crecimiento.

En diferentes trabajos, con respecto a la medicación prescrita para el ADHD, se plantea que:

- No se puede administrar a niños menores de seis años.

- Se desaconseja en caso de niños con tics (Síndrome de Gilles de la Tourette).

- Es riesgoso en caso de niños psicóticos, porque incrementa la sintomatología.

- Deriva con el tiempo en retardo del crecimiento.

- Puede provocar insomnio y anorexia.

- Puede bajar el umbral convulsivo en pacientes con historia de convulsiones o con EEG anormal sin ataques.

- aumento de la frecuencia cardíaca

- pérdida de peso, pudiendo derivar en retardo del crecimiento

- síndromes gripales

- efectos sobre la presión arterial

- vómitos y disminución del apetito.

- No existe seguimiento a largo plazo

También nos preguntamos, ¿la medicación dada para producir efectos de modo inmediato (efectos que se dan en forma mágica, sin elaboración por parte del sujeto), como necesaria durante largo tiempo, no desencadena adicción psíquica al ubicar una pastilla como modificadora de actitudes vitales, como generadora de un "buen desempeño"?.

Frente al avance de la difusión de este "síndrome" y la posibilidad de inclusión de la medicación en el PMO (Programa Médico Obligatorio), teniendo en cuenta todo lo anteriormente expresado, los abajo firmantes, proponemos:

- Que la evaluación de cada niño sea realizada por profesionales expertos en la temática y que se le otorgue la posibilidad de ser tratado de acuerdo a las dificultades específicas que presenta.

- Que la medicación sea el recurso último (y no el primero) y que sea consensuada por diferentes profesionales.

- Que se tome en cuenta el contexto del niño en la evaluación. La familia, pero también el grupo social al que el niño pertenece y la sociedad en su conjunto, pueden facilitar o favorecer funcionamientos disruptivos, dificultades para concentrarse o un despliegue motriz sin metas.

- Que se acote en los medios la difusión masiva de la existencia del trastorno por déficit atencional (cuando es un trastorno sobre el que no hay acuerdo entre los profesionales) y, sobre todo, el consumo de la medicación como solución mágica frente a las dificultades escolares.


18 marzo 2020

NO ETIQUETAR

Un niño observa a la gente, mientras otros juegan y se divierten.






Siempre hemos apostado por no etiquetar a los niños con un diagnóstico concreto, menos con más de uno. Son personas en crecimiento y constante evolución, susceptibles de cambios continuos. Nuestro punto de vista es que viven un momento el cual describimos en nuestros informes (cognitivo, social y afectivo). Encasillarlos de forma temprana, no ayuda en su desarrollo y tampoco en su tratamiento, cuando así lo necesitan. Es importante no ponerles "techo", y no fijar el concepto de "son" sino están.

Os dejamos un artículo de El País, publicado recientemente,     donde se explica.


SALUD MENTAL



Las etiquetas de los trastornos mentales marcan el destino de los niños

El Forum Infancias Madrid se constituye para denunciar el sobrediagnóstico y la medicalización y lanza un manifiesto para concienciar sobre estas cuestiones

           Madrid 

Autismo. Déficit de Atención. Ansiedad. Acelerarse a la hora de emitir un diagnóstico; llegar a una conclusión definitiva para un niño en crecimiento, o decidir que nuestro hijo tiene un comportamiento raro o extraño con tan solo tres años, son ejemplos que pueden llevar a que a un niño o niña se le cuelgue una etiqueta que seguramente le acompañará toda su vida, con las consiguientes consecuencias, tanto individuales como sociales.
Con el objetivo de salir de este modelo de funcionamiento, el Forum Infancias Madrid, movimiento que aglutina a distintas disciplinas: psicólogos, psiquiatras, pediatras, maestros, profesores, entre otros, ha decidido lanzar un manifiesto en el que “plantea tener en cuenta una mirada más respetuosa con la singularidad y subjetividad de cada niño o niña”, explica Edith Bokler, psicóloga con formación clínica en niños y adolescentes y miembro de dicho Forum.
Según sostiene, los manuales que existen sobre los distintos trastornos mentales “deben ser utilizados como una guía de comprensión entre profesionales, muchos de ellos, ponen énfasis en la descripción de síntomas, que en ocasiones se corresponden con situaciones normales del crecimiento pero que señalados por una sociedad que no admite lo singular, llevan a que se produzca un mayor número de diagnósticos y, por consiguiente, una mayor medicalización de nuestros niños. Y no hablo solo de fármacos, sino también, en ocasiones, de un número elevado de pruebas neurológicas a la que se someten a muchos pequeños”.
Hay mucho que observar cuando miramos a un menor”, prosigue, “los niños y adolescentes no son un objeto de museo, como una mariposa catalogada con un pincho y una etiqueta, Debemos conocerlos a fondo, acercarnos a su mundo interno. Y para que desaparezca esa etiqueta debemos ampliar esa mirada sobre el niño, su familia, su entorno, para que no se quede como algo fijado. Hay que valorar a cada individuo con sus peculiaridades, su singularidad. Dedicarle tiempo, crear lazo, pensarlo. En definitiva, ir caso a caso”, mantiene la experta.
Según explica, la etiqueta tiene el poder de eliminar todo aquello que define el ser de la persona. En vez de considerar un rasgo como un simple atributo, es un niño inquieto sin más, a pensar en términos de un trastorno de impulsividad: “Es como si estuviéramos diciéndole al niño o niña: toma este diagnóstico, es tu trastorno, este es tu destino”. “Hay que entender que hay menores que se aburren; otros que son movidos, algunos que son excesivamente curiosos o repetitivos y no siempre esa condición conlleva un trastorno, o si lo conlleva, no le define como persona”, añade. Escuchar a cada niño por su singularidad es el objetivo.
La escuela también tiene una tarea muy significativa con el niño con dificultades. “Cuando el menor no entra dentro de los cánones de normalidad establecidos, la importancia de definir conceptos como diversidad; inclusión o integración es fundamental. La inclusión, no significa aislar en un aula a los diferentes, sino que los derechos sean iguales para todos los alumnos del centro”. Cita, por ejemplo, la importancia de crear vínculos seguros en la escuela, ello es crucial para el desarrollo de los más pequeños: “Tengo un niño en consulta que había avanzado mucho aun dentro de sus dificultades, y adquirió muchas habilidades instrumentales, entre otras razones gracias a la relación que estableció con su profesora. Ahora, ella está de baja prolongada y la falta de este vínculo le ha descolocado, su nueva maestra no le ofrece una mirada tan subjetiva que haga emerger lo mejor de él. Tener en cuenta esto es fundamental para entender la individualidad del pequeño, saber lo que le está pasando y cómo se debe trabajar con él”.
Los padres deben reclamar una mirada hacia el niño de todos los agentes que están en su vida: escuela, médicos,... Y no asustarse frente a un síntoma diferente del pequeño. “Por ejemplo, en relación con el trastorno de déficit de atención es curioso cómo han aumentado el número de casos en los últimos años, mientras que en otros países como Francia, no ¿entonces el componente orgánico del trastorno del que hablan muchos estudios no existe para los franceses?”, se pregunta la experta.
Los trastornos mentales, llevan a la etiqueta, que a su vez lleva al estigma social, y cuanto mayor es el individuo, como suele suceder con los adolescentes, más oportunidades tienen de sentirse aislados y marginados. "Si evitamos esa etiqueta desde la infancia y entendemos al niño o niña en su totalidad, con su historia familiar, sus deseos, sus preferencias, sus juegos, sus identificaciones, su vida será mejor, aún con sus dificultades", termina la experta.



28 noviembre 2018

SIGLO XXI. NUESTRA GENERACIÓN DE ADOLESCENTES



Aquí os dejamos este audio de nuestro admirado Daniel J. Siegel. Es un vídeo largo, pero merece la pena escucharlo con atención. Como en sus libros: "El Cerebro del Niño" y "Tormenta Cerebral" utiliza un lenguaje comprensible, accesible y cercano. Plantea una visión global de la Educación y especialmente con los adolescentes.
Comprender cómo siente y aprende el adolescente y qué necesita.
Esperamos que os guste.

17 octubre 2018

A VUELTAS CON EL TDHA....

Rescatamos esta entrevista con José Ramón Ubieto Psicólogo y coautor del libro Niñ@s  Hiper. 


Ya sabéis, los que nos conocéis, nuestro empeño en clarificar el famoso TDHA para evitar el sobrediagnóstico que se hace y el enmascaramiento de otros trastornos. Existe demasiada presión por parte de las personas que rodean al niñ@, a la hora de explicar sus dificultades, siempre por déficit de atención o hiperactividad, o ambas. Es decir, el reduccionismo del que habla nuestro colega José Ramón Ubieto


«Las siglas del TDAH son falsas. Ponerle la misma etiqueta a todos los niños es un reduccionismo»

Entrevista con José Ramón Ubieto, autor, junto a Marino Pérez, de «Niñ@s Hiper»

ABC EDUCACIÓN










Con él hablamos de esta obra recientemente publicada, y donde ambos autores se cuestionan de nuevo todo lo relacionado con el
 TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad), para después ofrecer estrategias de ayuda y acompañamiento.Infancias hiperactivas, hipersexualizadas, hiperconectadas... En definitiva, nos enfrentamos a una generación de Niñ@s Hiper. Así se titula el libro coescrito por el especialista en psicología clínica José Ramón Ubieto y por el catedrático de psicología Marino Pérez, quienes aseguran que parte de la culpa la tenemos los adultos, por querer «liquidar la infancia». «Queremos que sean como nosotros: que sean emprendedores, con una identidad sexual clara, creativos, pero al mismo tiempo los queremos controlados y evaluables en sus resultados. ¿No estaremos privándoles del tiempo propio de la infancia, aquel que Freud señalaba como el necesario para comprender qué significa hacerse mayor?», se pregunta Ubieto.





Negar el TDAH pone a las familias de los niños diagnosticados y medicados en una situación muy difícil.
Negar que el TDAH existe, en efecto, es un problema. Hay que empezar por reconocer que en la actualidad a los niños les resultan más complicados los aprendizajes porque han cambiado muchas cosas. Ha cambiado primero lo más importante, que es quizá la creencia en el maestro. Para obedecer a alguien hay que creer en él. La autoridad funciona no porque uno te ponga una pistola en la cabeza. La autoridad viene de auctoritas, que es un termino que designa al autor, al que inventa, al que crea... El que resuelve problemas no es el que tiene poder. Potestas es otro término.
La autoridad del profesor se la tiene que conferir el alumno.
Sí. Antes los niños le daban más o menos automáticamente la autoridad al maestro. Ahora, para empezar, todo el mundo tiene el saber en el bolsillo: lo dice Google. La pérdida de autoridad hace que el consentimiento que el niño tiene que dar para aprender no ocurra. Aprender no es solo que alguien tenga deseo o capacidad de eneseñar. Hace falta que el alumno también quiera.
Dicen ustedes que el mundo digital en el que vivimos es el otro elemento que dificulta el aprendizaje.
Es que el mercado incluye la realidad digital. El mercado es la OPA hostil más salvaje que haya tenido jamás la familia. El mercado es un elemento de competición, porque propone toda una serie de estímulos a los chicos en forma de gadgets, aparatos electrónicos, juegos y. que trae consigo al tercer elemento de dificultad, que es la satisfacción inmediata. Existe un nuevo ideal, un nuevo GPS para nuestras vidas, una nueva brújula, no solo para los niños, sino también para los adultos, donde lo primero es la satisfacción, inmediata. Que en realidad es siempre insatisfacción…
¿Cómo es posible que en la actualidad se hagan hagan prediagnósticos de TDAH con cuatro años recién cumplidos?
Porque estamos proyectando sobre la infancia un modo de vida adulto. Queremos que los niños se porten como los mayores. Pero tiene que haber un tiempo de espera, que hoy se ha acortado exageradamente. Tengo una foto de un sobrino magnífica: con dos años y un chupete en la boca mientras quita la contraseña del móvil de su madre y «surfea» por la pantalla. Hay una aceleración extrema de la sociedad, que tiende a hiperpautar, hipercontrolar cada uno de los movimientos de la infancia.
Hay una pasión por la búsqueda del rendimiento, de la perfección... Que hace que cuando el niño no cumple con la «perfomance» que se espera de él, cuando no responde a la expectativa hiperpautada, ya se supone que tiene un trastorno.
Volviendo a la pregunta... A los cuatro años todavía existe un tiempo para poder mejorar la lectura, la escritura, los movimientos, el habla... todo.
Consideran ustedes, además, que el TDAH es un falso nombre. ¿Por qué?
Porque el TDAH son unas siglas que nombran algo, no es una abstracción. Es verdad que en el niño diagnosticado hay algo de agitación, de desatención e impulsividad... Que hay algo que está ocurriendo. Pero, ¿por qué es falso? Porque eso que está ocurriendo puede obedecer a muchos factores. Es un reduccionismo. Es una diversidad de situaciones recogida en un acrónimo.
¿Por qué vamos a reducir la diversidad de situaciones a un acrónimo? En el libro utilizamos una expresión de un psiquiatra inglés llamado Sami Timimi que ha hecho popular la expresión «Mcdonalización de la infancia» para diagnósticos rápidos, casi prefabricados, aplicados a niños. ¿Verdad que cuando uno come una hamburguesa en Sidney o lo hace en Madrid le sabe igual? Ahora traslade eso a los diagnósticos. ¿Va a ser igual un niño agitado en Alcorcón que otro en Sidney? Cada uno se agita por causas particulares.
Puede ser el nacimiento de un hermano, puede ser un duelo migratorio, la pérdida de un familiar. Puede ser por violencia, o puede ser dificultades específicas de lenguaje… Hay muchas razones, y poner la misma etiqueta a todos es un reduccionismo. Es un falso nombre. Cualquier niño es mucho más complejo que el síntoma del TDAH. Esas siglas solo dicen una realidad de ese niño. He llegado a ver niños en el servicio de atención psicólogica de la Seguridad Social donde atiendo que nada más verme me dicen: «Yo tengo TDAH». Y yo les pregunto: «¿Pero tú no te llamas Miguel?».
Hay que saber ver a la persona que hay detrás...
Cuando yo tenía 15 años me llevaron a un neurólogo porque tenía una parálisis del pie. Allí sí que había personas con cosas graves, retrasos mentales, psicosis... Me sentí observado como si fuera un pequeño monstruo. Esa sensación no la olvidaré nunca. A veces no somos conscientes de esa evaluación, esa clasificación… Reducimos al menor a una especie de de monstruo, les tratamos como si les pasase algo terrible.... Eso no significa que no haya que verlos ni atenderlos, pero no tenemos que cargar con una hipoteca unas vidas que a veces son muy variables. A lo mejor al cabo de dos días deja de serlo.
Siempre explico la anécdota de un amigo que suspendía en Bachiller cuatro asignaturas. El profesor le decía que nunca iba a llegar a nada. Hoy es catedrático de arquitectura. Necesitó pasar un tiempo para entender que lo que a él le gustaba. Hoy le habríamos diagnosticado TDAH. Yo mismo era un TDAH seguro. Afortunadamente, nadie me medicó.
¿Cuál sería su primera recomendación a las familias ante este tipo de diagnósticos?
A los padres, lo primero que les diría es que hay que darse un tiempo para comprender cómo va evolucionando el asunto. La infancia es un tiempo para comprender. Ya Freud señalaba algo que hemos olvidado, que es el juego infantil. Ni los móviles, ni las pantallas... El elemento más importante de construcción de la persona es el juego infantil. El juego es un elemento que tenemos que facilitar, es el tratamiento primero que se debe poner en marcha con los niños… Que le den tiempo para que evolucione. No hay prisa para medicar.
¿En qué más se pueden apoyar los padres?
El segundo elemento es la educación. Si vamos a ponernos en manos de profesionales, primero la educación. Cuando alguien tiene un problema de este tipo lo primero que tiene que hacer es hablar con la escuela, los tutores... Ver cuales son las dificultades. Si son de atención, cognitivas, de lentitud de aprendizaje, de impulsividad, del lenguaje... Hay que ver cada caso. Y ver qué pueden trabajar los profesores con ellos y qué puede hacer la familia para ayudarles en casa.
Pueden hacer un tratamiento a través de los recursos educativos: hay muchos juegos, herramientas de la mente, juegos sencillos que se pueden hacer en casa, trabajar aspectos como la espera, la manera de hablar, de dirigirse al otro, la memoria… Eso es lo primero. Si a pesar de haber hablado con la profesora, de haber aplicado ciertas estrategias... Siguen los problemas, es el momento de la consulta psicológica, de ver qué otros aspectos emocionales pueden estar bloqueando a ese niño, niña.
Y en el último término, si es necesario, lo que dicen todas las guías clínicas de todo el mundo: optar por la medicación. A veces es necesaria para contener lo que desborda a un niño. Hay niños que no encuentran los límites del movimiento. La medicación para esos niños puede ser una ayuda necesaria. Y cuando hay que usarla, hay que hacerlo con rigor. Hay que ser muy prudente para medicar en la infancia. Todavía no sabemos muy bien cómo funciona en niños, porque con ellos no se hacen estudios y, por tanto, aunque algunos efectos ya los conocemos, otros no.
¿Les daría algún consejo más a los progenitores afectados?
Es muy importante tener claro que ser un buen padre, o una buena madre, no es saber qué hacer en cada momento. No son los managers de una empresa que tienen que subir las ventas. No es eso. Ser un buen padre es saber tolerar el tiempo que hace falta para que los niños se hagan mayores.
La diferencia entre nuestros progenitores y los de ahora es que, ante un berrinche, los primeros decían: «no le hagas caso, ya se le pasará». Ahora las familias piensan que tienen que estar interviniendo continuamente, y están siempre pendientes. Les resuelven cualquier situación porque lo consideran un problema, pero un berrinche no es un problema, es solo una conducta típica de los niños.
Las madres intervienen hasta en las broncas que tienen sus hijos en el parque infantil, cuando un niño no deja jugar a otro, o cuando se encuentran con la típica niña mandona. Esas cosas por las que todos hemos pasado y que los niños tienen que aprender solos. Hay que dejarles que se equivoquen. El error forma parte del aprendizaje. Si tú quieres estar interviniendo en cada momento de la vida de tu hijo, vas a convertirle en un ser vulnerable, que nunca podrá hacer nada solo.
Ser un buen padre no es estar siempre pendiente, es más bien tolerar un poco la espera. Es tolerar el fracaso de tu hijo, es estar atento. No se trata de quitar importancia, sino de esperar, que es distinto. Saber que tu hijo tiene una dificultad y no intervenir inmediatamente con toda la artillería.
¿Qué tipo de escuela o de pedagogía es mejor para estos niños?

Las que incorporan la movilidad como un recurso de aprendizaje. Pero todavía hay escuelas tradicionales donde están sentados los niños en la misma clase todos los días. En lugar de considerar la movilidad como un problema, deberíamos usarla como un recurso de aprendizaje. ¿Cómo? Trabajando por proyectos, incorporando salidas... La paradoja es que estamos introduciendo la tecnología digital en la escuela manteniendo el mismo formato de clase del siglo XIX, con los pupitres en línea, los niños sentados en fila… Pensar en que toda la innovación consiste en introducir la pizarra electrónica mientras que las mesas sigan iguales… En las escuelas donde funciona la movilidad hay menos casos de TDAH. El movimiento se puede utilizar para aprender, todo depende del adulto. De si tiene deseo de enseñar o no. Depende de la pasión por enseñar. Un maestro funcionario tiene poco que transmitir.
REVISTA ABC EDUCACIÓN

28 febrero 2018

HIPERPATERNIDAD. SOBREPROTECCIÓN


Hemos encontrado esta entrevista a Eva Millet sobre su libro Hiperpaternidad. Refiere conceptos muy actuales sobre la problemática en la educación contemporánea y extrae, lo que en nuestra opinión, son los pilares fundamentales en el ejercicio de la paternidad.





Eva Millet: «La sobreprotección infantil está produciendo niños altar o hiponiños»









De padres que cargan la mochila, persiguen a sus hijos con el bocadillo por el parque, y todos los días preguntan en el grupo de WhatsApp del colegio qué deberes tienen sus niños para el día siguiente... hijos como los que describe la periodista Eva Millet en su libro «Hiperniños», menores que de tanto que sus padres les han dado durante su infancia, de mayores no pueden hacer nada ellos por sí mismos.
No se trata, prosigue, «de señalar a los progenitores que lo están haciendo mal. Pero sí decirles que nos tenemos que relajar, y que hay otras opciones. La crianza es un proceso a largo plazo, donde los resultados no salen a golpe del clic. Ahora hay muchos que están formando muy pronto al niño, para que a los diez años sea un pequeño Mozart».


- Usted señala que esa hiperpaternidad que lo da todo, y lleva a sus hijos a los colegios más caros, las mejores extraescolares, y las vacaciones más estrambóticas no funciona.

- La hiperpaternidad no da la felicidad. Pero no lo digo yo, lo dicen los expertos a los que he entrevistado. Esta sobreprotección infantil lo que está produciendo son niños altar o niños mueble. Afecta a toda la familia, hace que vivan muy estresados, porque se sienten que no son lo suficientemente buenos, que no le están dando al niño lo suficiente para que triunfen. Y ojo, afecta especialmente a las madres… que son conscientes de que nunca le dan suficientemente al niño para que esté hiperformado.

Ser feliz requiere carácter. La educación no es simplemente dotar de conocimientos y experiencias mágicas —del tipo llevarle a Disney a los cinco años, o ver a Papá Noel en Laponia ¡y en privado!...— que se piensa que hay que dar para que los niños sean felices. Como dice el filósofo José Antonio Marina, «la educación es la suma de conocimientos y la formación del carácter». El carácter son los recursos para ejecutar la formación. La constancia, el esfuerzo, la resiliencia, la empatía… El carácter son muchas cosas.

Y sobre todo, una que también es importantísima y que se nos olvida a menudo:la tolerancia a la frustración. Porque la frustración te acompaña toda la vida. Cuidado, no se trata de educarlos como los espartanos, pero sí que tengan herramientas para tolerar la frustración. Hay esta idea de que hay que darles todo y de que no se pueden frustrar porque van a ser infelices, y parece según los expertos que es justo todo lo contrario.

- De la mano de la frustración están los limites.

- Es un concepto que afortunadamente cada vez se reivindican más. No puedes crecer sin límites, los niños los buscan, los adolescentes también. Los quieren y los necesitan. La educación es la suma de afecto y límites, ese es el binomio. Se han de poner pronto…


- El fenómeno de la hiperpaternidad también está caracterizado por padres que tienen mucha presión para que sus hijos triunfen. Usted señala que es más habitual entre las clases medias y altas.

- En la hiperparternidad el hijo es un proyecto de los padres, porque se ve como un producto a gestionar. Son los padres CEO y sí, la tendencia es que el fenómeno se de en las clases medias y altas porque como decimos llevan al niño al mejor colegio, les apuntan a extraescolares de cinco en cinco, y cuanto más extravagantes, mejor.


- Respecto a las extraescolares, ¿dónde está el término medio? Muchas familias no ven posible prescindir por falta de conciliación laboral.

- Es cierto. Cada familia es un mundo. Pero las extraescolares se están poniendo demasiado pronto, y demasiadas a la vez. Están arrebatando tiempo para el juego. Y creo que jugar es la mejor extraescolar. Jugando no solo desarrollan tolerancia a la frustración. También la creatividad, o el trabajo en equipo... La hiperpaternidad lo ve como una pérdida de tiempo, pero el juego es fundamental y es la esencia de la infancia. Quizás habría que plantearse si no es posible que entre algunas madres se turnen para recoger a los niños e ir al parque. Desde luego, lo que no podemos hacer es arrebatarles el tiempo como lo estamos haciendo.


- Dice usted que los colegios empiezan a estar anonadados.

- Sí. Están viendo que la colaboración de los padres, que de por sí es una cosa fantástica, se está convirtiendo en intromisión. El hiperpadre, en este afán de crear el mundo perfecto para el hijo perfecto, interviene en el menú, en cómo da las clases el profesor, en la oferta de extraescolares… Está pasando. Las escuelas cada vez están cada vez más cuestionadas y exigidas. Existe esta idea de que el niño es tan especial y único que este tiene que tener una educación especial y única. Los centros escolares se volverían locos si se tuvieran que adaptar de esa forma a cada niño.


- Esta situación está dando lugar a una figura nueva, que usted desvela, que son los hipertutores en los centros escolares.

- Se ven casos donde los niños han dejado de ser los interlocutores, y hablo de Secundaria, de adolescentes, donde son los padres los que hablan con el maestro en un momento en el que el chaval ya puede defender sus argumentos… Son pocos casos, pero es una figura que está apareciendo. Se establece un vínculo que no separa familia de especialista. Se pone al mismo nivel. Es verdad que hay que ayudar al alumno, pero se trabaja más desde la compasión que desde la resiliencia, el esfuerzo, la superación… Hoy con los correos electrónicos, los WhatsApps… No hace falta ese control exhaustivo.

En Estados Unidos esto está dando lugar a que se generalice una situación de «ansiedad extrema» que se ha extendido entre los adolescentes, y que según distintos estudios la sufren el 62% de alumnos de Secundaria. De hecho, está derivando en que existan unos protocolos para estos alumnos tan sumamente frágiles que no pueden afrontar un examen porque se quedan paralizados.

Son adolescentes con un Instagram de imágenes perfectas, pero la realidad es que están ansiosos, paralizados algunos por la ansiedad. Porque son como niños pequeños, son hiponiños o hipohijos, que no pueden hacer nada sin que sus papás les ayuden, completamente dependientes. Y una cosa muy interesante, está apareciendo también el miedo a fallar, a equivocarse, como una nueva plaga, que si no gestionan en la infancia acabará en fobia.


- En el libro se habla también de la moda de impartir la educación emocional en los colegios, «cuando los mejor posicionados para impartir esta materia son los padres», señala. 

- La base de la educación emocional es la empatía. En la hiperpaternidad se le dice al niño que él es fantástico, pero para que una autoestima funcione tiene que ir acompañada de empatía, que es una herramienta más del carácter. Y la conclusión de todo lo que digo en mi obra es que no tenemos que educar un hijo perfecto, sino criar personas. Educar personas, que es lo que necesitamos, no seres perfectos. Entiendo que cuesta relajarse, porque hay mucha oferta, mucha competitividad, y los padres que se relajan sienten que ponen en desventaja a sus hijos. Porque este modelo no funciona, no da la felicidad. Muchas veces la hiperpaternidad tiene que ver con la desconfianza en nuestras capacidades. Pero los hijos no quieren padres perfectos: quieren que les quieran, que les pongan límites, y que confíen en ellos, y también en su propia labor como progenitores.

11 octubre 2017

EDUCAR PARA LA VIDA: 5 PRINCIPIOS



Un artículo genial!!! 

Cuando pensamos en educar a nuestros hijos para el futuro, nuestra mente va encaminada a una buena preparación intelectual, para un buen trabajo y, lo que emocionalmente conlleve este camino, ya vendrá dado.

Es necesario reservar un apartado en nuestra cabeza para la delicada educación emocional de nuestros hijos, con seguir el camino anterior no es suficiente. Aquí os dejamos este artículo; no hay emociones buenas ni malas, ni positivas ni negativas, todas son válidas, formativas y humanas.




 

Esterilidad emocional: ¿Nos equivocamos al educar a los niños dentro de "burbujas felices"?


En los últimos tiempos los médicos y biólogos han comenzado a llamar nuestra atención sobre la propensión de nuestra sociedad a crear entornos de vida cada vez más estériles. Hay muchos especialistas que afirman que nuestra tendencia germofóbica en realidad resulta dañina, sobre todo para los niños, ya que no le damos la oportunidad a su sistema inmunitario de desarrollar las defensas que necesita para enfrentarse a los gérmenes. Por eso, según algunos, en las últimas décadas ha aumentado tanto el número de niños que padecen enfermedades autoinmunes.

Ahora un estudio realizado en el ámbito de la Psicología retoma, de cierta forma, esta idea. Según investigadores de la Universidad de Minnesota, una educación “tumultuosa” prepara a los niños para enfrentar las injusticias de la vida y les ayuda a tomar mejores decisiones. 

 Una niñez tumultuosa puede tener sus ventajas


Diferentes investigaciones han demostrado que los niños que crecen en hogares más pobres y desestructurados muestran diferencias en la toma decisiones, la memoria y el funcionamiento cognitivo en general. 

Los estudios sobre la toma de decisiones, por ejemplo, revelan que las personas que han crecido en entornos estresantes suelen elegir las pequeñas recompensas instantáneas en vez de esperar y apostar por recompensas mayores. Sin duda, se trata de una decisión comprensible ya que su historia ha estado marcada por la incertidumbre. Si en su mundo no había nada garantizado, es normal que opten por la certeza del aquí y ahora, en vez de esperar por una recompensa que podría no llegar. En práctica, estas personas aplican eso de “más vale pájaro en mano que cien volando”.

Estos cambios siempre se han considerado deficiencias pero ahora estos investigadores ponen sobre la mesa una nueva teoría: solo se trata de diferencias, no significa que estos niños serán menos capaces al llegar a la adultez. De hecho, incluso pueden tomar mejores decisiones y ser más resilientes, en dependencia de las demandas del contexto.

En este estudio en cuestión se analizaron las funciones ejecutivas, que son las que nos permiten procesar y gestionar nuestros comportamientos más complejos, incluyendo la toma de decisiones y el nivel de atención. El experimento se centró en evaluar la inhibición, que puede entenderse como la capacidad de permanecer concentrados en la tarea obviando las distracciones del medio, una habilidad que tradicionalmente se ha relacionado con la posibilidad de retrasar las gratificaciones. 

También se evaluó la capacidad para cambiar de un objetivo a otro tan rápido como sea posible, una habilidad que resulta particularmente importante para las personas que se desenvuelven en contextos imprevisibles, que cambian continuamente.

Al terminar el experimento, los investigadores pudieron apreciar que las personas que se habían criado en ambientes más tumultuosos o adversos superaban con creces a quienes habían crecido en entornos más felices. Estas personas eran capaces de obviar las distracciones del medio y mantenerse focalizadas en la actividad. También tenían la habilidad de cambiar su focus de atención en poco tiempo.

El positivismo a ultranza genera una felicidad artificial


En los últimos años, a raíz de la difusión de los mensajes positivos y la explosión de lo que podríamos denominar la “Psicología de la Felicidad”, hemos creado un entorno artificial en el que demonizamos las emociones “negativas” e intentamos potenciar a toda costa las emociones “positivas”. Sin embargo, la vida no es así, la vida es sufrir y reír, enfadarse y recomponerse, sentir nostalgia y seguir adelante.

Por eso, la tendencia a proteger excesivamente a los niños de las inclemencias de la vida, las injusticias y los problemas cotidianos en realidad puede ser contraproducente. Edulcorar su mundo y crear una burbuja de falsa felicidad puede hacer que se formen una imagen distorsionada de la realidad y, lo que es aún peor, que no cuenten con las herramientas necesarias para hacerle frente a los problemas. Un niño que no comete errores no desarrollará una buena tolerancia a la frustración, un niño educado en la represión de las emociones “negativas” será un adulto discapacitado emocionalmente.

Por supuesto, no me malinterpretéis (aunque igual creo que habrá personas que lo harán), tampoco se trata de seguir un estilo de educación espartano. Para quienes no lo sepan, abro un pequeño paréntesis histórico, en Esparta se estableció la eugenesia por lo que, nada más nacer, si el niño no tenía una constitución robusta, se abandonaba en una cima o barranco. Si sobrevivía y soportaba el frío, el calor y la oscuridad, entonces se rescataba y educaba. 

No se trata de exponer innecesariamente a los niños a situaciones que le hagan daño, solo para templar su carácter. Sin embargo, es importante que esa obsesión por la esterilidad no se extienda al plano psicológico, es fundamental no caer en la esterilidad emocional, en la felicidad artificial


No podemos proteger a los niños de todo, porque la resiliencia solo se forma en la adversidad. Se trata de encontrar un punto intermedio, de manera que permitamos que los niños puedan ir desarrollando sus propias herramientas psicológicas para hacerle frente a la vida.

Cinco principios para educar para la vida


1. Deja que se equivoque, caiga y comience de nuevo. Los padres tienen la tendencia a evitar que sus hijos se equivoquen, les protegen porque no quieren que cometan sus mismos errores. Sin embargo, hay muchas lecciones de vida que solo podemos aprender equivocándonos, sufriendo y volviéndonos a levantar. En ese proceso aprendemos y nos fortalecemos.

2. No etiquetes las emociones. No somos responsables por lo que sentimos, sino de lo que hacemos con ello. Esto significa que no tiene sentido catalogar las emociones como positivas o negativas ya que, por mucho que nos esforcemos, no podemos evitar sentir. De hecho, según el contexto, la euforia puede ser tan dañina o inadecuada como la ira. Por eso, más que censurar las emociones, debemos enseñarles a los niños a expresarlas de manera asertiva.

3. Fomenta los cambios. Es cierto que los niños necesitan cierto grado de estabilidad porque así se sienten seguros. Sin embargo, no es menos cierto que la sociedad en la que vivimos es muy convulsa y necesitamos estar preparados para enfrentar la incertidumbre y los cambios. Por eso, los padres deberían fomentar una actitud abierta al cambio en los niños, para que desde pequeños aprendan a lidiar con la incertidumbre y sean capaces de no apegarse demasiado a las cosas y situaciones. 

4. No escondas la realidad. Muchos padres intentan edulcorar la realidad, creando un falso telón de fondo de felicidad. Obviamente, es importante que los niños tengan buenos recuerdos de su niñez, pero eso no significa que no deban enfrentar situaciones de duelo o que no deban estar al tanto de los problemas familiares. Por supuesto, tampoco se trata de agobiarlos, sino tan solo de explicarles las situaciones, dándoles solo el peso que son capaces de soportar. De esta forma estamos potenciando la responsabilidad y la resiliencia.

5. Fomenta la independencia y la capacidad para tomar decisiones. Los adultos piensan que los niños no son capaces de tomar decisiones. Es cierto que su visión del mundo es muy limitada pero, aún así, los pequeños tienen necesidades, sentimientos y sueños, por lo que es importante enseñarles a tomar las riendas de su vida desde temprano. Poco a poco, según su nivel de madurez, debemos ir potenciando la independencia, y para ello es fundamental que aprendan a tomar decisiones y que se hagan responsables por sus actos.

La infancia debe ser una etapa feliz, de eso no cabe duda. Sin embargo, también es un periodo crítico para la formación de muchas habilidades, capacidades y valores. Por eso, eduquemos al niño de hoy pensando en el adulto que será mañana.